Hay cierres… y hay culminaciones. El retorno del rey pertenece a esa clase de finales que no se limitan a resolver una historia, sino que la consagran. Peter Jackson no busca un desenlace espectacular: busca un cierre emocional. Y lo consigue con una madurez que aún hoy sigue asombrando.
Hay secuelas que continúan una historia… y otras que la transforman. Las dos torres pertenece a esa estirpe rara donde la narración se ensancha, los personajes se fracturan y el mundo, de pronto, se vuelve demasiado grande para una única mirada. Peter Jackson entiende que la segunda entrega de un viaje no debe repetir lo que ya funcionó: debe profundizar en lo que duele.
Hay películas que no se ven: se habitan. La comunidad del anillo es una de ellas. Fue estrenada en 2001, pero parece existir desde siempre, como si la Tierra Media hubiese estado esperando a que alguien la encendiera en la pantalla. Peter Jackson no adapta a Tolkien: lo escucha. Atiende sus silencios, sus luces y sus sombras. Entiende que la fantasía no es un escape, sino un espejo, y que la verdadera épica no nace en la batalla… sino en la fragilidad.
Damien Chazelle lleva años explorando la tensión entre el arte y la vida, entre la obsesión y la ternura, entre lo que somos y lo que podríamos haber sido. Con La La Land, esa pulsión alcanza su forma más luminosa y dolorosa: un musical que celebra el sueño de crear… y también la grieta que se abre cuando la realidad decide entrar en escena.
Hay películas que no necesitan gritar para dejar huella. Películas que llegan envueltas en un silencio cálido, casi tímido, pero que al marcharse dejan encendida una luz que no tenías antes. Klaus es una de ellas: una fábula que abraza la empatía, el gesto mínimo y la idea esencial de que la bondad —la verdadera, la que nace sin pedir nada— sigue siendo capaz de mover mundos.
Hay películas que expanden un universo y otras que lo ponen a prueba. Avatar: Fuego y Ceniza parece pertenecer a este segundo grupo: una obra que llega cuando el refugio ya no es suficiente y la idea de hogar empieza a resquebrajarse. James Cameron no parece interesado aquí en la serenidad ni en la contemplación como destino final, sino en la fricción que surge cuando incluso los lugares que amamos comienzan a arder. Si El sentido del agua hablaba de pertenecer, esta nueva entrega apunta a una pregunta más incómoda: qué ocurre cuando pertenecer deja de ser seguro.
Hay películas que no llegan para sorprender; llegan para recordarte algo que habías olvidado. Algo sencillo, casi primitivo: el deseo de pertenecer. Avatar: El sentido del agua es una de esas películas. No entra con estruendo, aunque su tecnología sea una proeza. Entra como una marea lenta, suave, que parece tocarte los tobillos antes de revelarse como un océano inmenso.
Hay películas que no se limitan a contarte una historia: te invitan a cruzar un umbral. A entrar en un lugar que no existe, pero que de algún modo sientes como un recuerdo olvidado. Avatar es una de esas películas. No necesita pedir permiso para ser desmesurada, ni disculparse por querer conmoverte desde la primera imagen. Llega con la fuerza de un sueño intacto… y se queda como un eco que no se borra.
Hay películas que no necesitan pedir perdón por soñar demasiado. Películas que entran sin ruido, pero salen dejando una melodía en la memoria. El gran showman es una de ellas: un musical que abraza la imaginación, la diferencia y el impulso elemental de crear algo hermoso incluso cuando todo alrededor se tambalea.
Tim Burton siempre ha habitado el territorio donde lo cotidiano roza lo fantástico. Pero con Big Fish (2003), dejó de lado su gótico habitual para firmar su película más luminosa y humana: un cuento sobre la memoria, el amor y la forma en la que elegimos recordar la vida. En un mundo que exige hechos y certezas, la historia de Edward Bloom es un acto de fe en la imaginación, una invitación a creer que la verdad no siempre vive en la literalidad, sino en aquello que nos conmueve.