Hay películas que narran un misterio y otras que lo construyen desde dentro, obligándonos a recorrerlo sin garantías de que exista una salida. Shutter Island pertenece a esta segunda categoría. Scorsese no propone un simple caso sin resolver ni una intriga policial convencional: levanta un laberinto emocional y psicológico donde cada pasillo conduce a un reflejo diferente del protagonista. Aquí, la verdad no es un destino, sino una amenaza. Y la memoria, lejos de ser un refugio, es una trampa cuidadosamente construida para sobrevivir al dolor.



















