En 1967, John y Mia Form esperan con ilusión el nacimiento de su primera hija. Como regalo, John entrega a su esposa una muñeca antigua de porcelana, vestida de novia, que completa la colección de Mia. Lo que parecía un detalle inocente se convierte en un oscuro presagio.

Una noche, la pareja es atacada en su casa por dos miembros de una secta satánica, y a partir de ese momento sucesos extraños comienzan a rodear a la muñeca. La violencia, la sangre y la desesperación de aquella noche dejan un rastro imposible de borrar: algo ha quedado atrapado en el objeto, y la vida de la familia nunca volverá a ser la misma.
De prólogo a spin-off
Tras el arrollador éxito de The Conjuring (2013), era evidente que Warner y New Line no iban a dejar escapar la oportunidad de expandir el universo. El prólogo de la muñeca Annabelle había sido uno de los pasajes más recordados de la cinta de James Wan, y el público pedía más.
Así nació este spin-off, dirigido por John R. Leonetti —habitual director de fotografía de Wan—, que aquí daba el salto a la dirección de largometrajes de terror.

El reto no era sencillo: había que construir una película entera alrededor de una muñeca que, paradójicamente, nunca se mueve ni habla. El miedo debía generarse a través de la sugestión, de la atmósfera y de lo que representaba ese objeto inerte que parecía observarlo todo.
El resultado fue irregular: Annabelle funciona en algunos momentos como un entretenimiento de terror efectivo, pero no alcanza la maestría de The Conjuring.
La muñeca maldita
Las muñecas siempre han estado ligadas al imaginario del terror. Desde Child’s Play (1988), con el icónico Chucky, hasta Dead Silence (2007), otra película de James Wan, el recurso ha sido explotado en múltiples ocasiones.
Annabelle, sin embargo, tiene algo distinto: no necesita moverse ni hablar para provocar incomodidad. Su rostro agrietado, sus ojos fijos y su sonrisa enigmática son suficientes para generar inquietud. El espectador espera constantemente que ocurra algo con ella, y esa anticipación es en sí misma una fuente de tensión.

Leonetti aprovecha ese potencial en varias escenas: la cuna que se mece sola, el ascensor que no responde, la persecución en el pasillo o la visión fugaz de la entidad demoníaca que habita en el objeto. Son momentos efectivos, capaces de provocar sobresaltos genuinos.
Sin embargo, el director recurre con demasiada frecuencia al susto sonoro fácil, al golpe de música inesperado que sustituye la construcción de atmósfera. Ahí es donde Annabelle muestra sus limitaciones.
Ambientación y estética retro
Uno de los puntos más destacados de la película es su ambientación en los años sesenta. Los trajes, los coches, los muebles y la decoración del hogar de los Form sitúan al espectador en una época que, paradójicamente, resulta ideal para el terror.
La ausencia de teléfonos móviles, la dependencia de la radio y la televisión, y los espacios cerrados y familiares contribuyen a crear un clima de aislamiento perfecto.

La fotografía de James Kniest ofrece tonos cálidos que contrastan con la frialdad de los sucesos paranormales. Ese choque entre lo hogareño y lo amenazante es uno de los grandes aciertos visuales.
Sin embargo, la puesta en escena carece de la elegancia visual que Wan había desplegado en The Conjuring: hay menos planos secuencia, menos creatividad en los encuadres y un ritmo más predecible.
El reparto
Annabelle Wallis interpreta a Mia, una madre primeriza que pasa de la dulzura y la ilusión al miedo y la desesperación. Su actuación es convincente: transmite fragilidad, pero también una fuerza creciente cuando tiene que proteger a su hija.

Ward Horton, como John, cumple correctamente en su papel de marido protector, aunque resulta algo plano y convencional.
El Padre Pérez, interpretado por Tony Amendola, es uno de los personajes más interesantes. Representa la fe como refugio frente al mal, pero también la impotencia de quien se enfrenta a algo que sobrepasa sus creencias.
Alfre Woodard, en un papel secundario como Evelyn, aporta humanidad y dramatismo. Su personaje, marcado por la pérdida de un ser querido, encarna la idea del sacrificio y del dolor convertido en acto de redención.
Música y sonido
Joseph Bishara vuelve a firmar la música, garantizando así una continuidad con The Conjuring. Su estilo, cargado de notas disonantes y atmósferas densas, se adapta bien a la historia, aunque no alcanza el nivel de iconicidad de su trabajo anterior.
Aquí, más que nunca, el diseño sonoro cobra protagonismo: los ruidos en la casa, los llantos del bebé, las pisadas en la oscuridad, el sonido del ascensor que se abre y se cierra… Son elementos cotidianos que se convierten en catalizadores del miedo.
Luces y sombras en la narración
El guion, escrito por Gary Dauberman, plantea una historia sencilla: una familia feliz que poco a poco se ve acechada por fuerzas que no comprende. Esto, que en principio funciona, termina resultando previsible.
La primera mitad logra mantener cierta tensión, pero hacia el final la película cae en clichés demasiado reconocibles. El clímax, con la muñeca como objeto de sacrificio, intenta aportar dramatismo, pero no logra emocionar tanto como debería.

Lo cierto es que Annabelle no alcanza la complejidad ni la elegancia de The Conjuring. Donde Wan construía una atmósfera sostenida y minuciosa, Leonetti recurre a fórmulas más fáciles.
Aun así, hay que reconocer que la película tiene escenas memorables y que, pese a sus carencias, supo mantener vivo el interés del público.
Recepción y legado
Con un presupuesto de apenas 6 millones de dólares, Annabelle recaudó más de 250 millones en todo el mundo.
La crítica fue tibia, señalando sus clichés y comparándola desfavorablemente con The Conjuring. Sin embargo, el público respondió masivamente, lo que aseguró la continuación de la saga con Annabelle: Creation (2017), que logró redimir a la muñeca y convertirse en una de las entregas más sólidas del Warrenverse.

La importancia de Annabelle radica, por tanto, en su papel como pionera: fue la primera expansión real del universo y demostró que había espacio para desarrollar historias paralelas. Aunque irregular, abrió la puerta a un modelo de franquicia que ha seguido creciendo hasta hoy.
Reflexión final
Annabelle es, en esencia, un relato sobre cómo el mal puede esconderse en lo más cotidiano: en un objeto que debería transmitir ternura y que se convierte en una fuente de pesadilla.
Aunque no alcanza la excelencia de The Conjuring, cumple como pieza de transición y como primer paso en la expansión del Warrenverse. Es la prueba de que incluso lo imperfecto puede ser necesario para construir un universo mayor.