La Llorona (Michael Chaves, 2019): el llanto que cruzó los siglos

En 1673, en México, una mujer llamada María asesina a sus hijos en un ataque de celos y desesperación. Al darse cuenta de lo que ha hecho, se arroja al río y queda condenada a vagar como espíritu: La Llorona. Su llanto, mezcla de dolor y rabia, se convierte en el eco de una maldición que atraviesa los siglos.

En Los Ángeles de 1973, la asistente social Anna Tate-Garcia investiga un caso de maltrato infantil y libera sin saberlo a la legendaria figura. Pronto, ella y sus hijos serán acosados por la entidad, y su única esperanza estará en un sacerdote caído en desgracia que conoce las artes de lo sobrenatural.

Aunque oficialmente forma parte del Warrenverse, La Llorona ocupa un lugar peculiar dentro de la saga. Más que una pieza central, se siente como un satélite: utiliza a un personaje secundario —el padre Pérez, visto en Annabelle— para conectarse con el resto del universo, pero en esencia funciona como una historia independiente inspirada en una de las leyendas más populares del folclore latinoamericano.

Una leyenda difícil de adaptar

El reto era enorme. La Llorona es un mito profundamente arraigado en la cultura hispana, transmitido de generación en generación. Su figura ha aparecido en canciones, literatura y relatos orales que se remontan siglos atrás. Llevarla al cine implicaba lidiar con ese bagaje cultural y con las expectativas de un público que ha crecido escuchando su historia.

La película plantea una reinterpretación moderna del mito, trasladando la acción a Los Ángeles en los años 70. Esa decisión le da cierto aire de novedad, alejándola de los ambientes rurales tradicionales. Sin embargo, también hace que se pierda parte del sabor original. Lo que en el folclore era un relato cargado de simbolismo se convierte aquí en un caso más de entidad sobrenatural que acecha a una familia.

Dirección y estilo visual

Michael Chaves, en su debut como director, apuesta por un estilo visual oscuro y convencional. Los pasillos de la casa, las ventanas empañadas por la lluvia, los reflejos imposibles en los espejos… todo remite a un terror que, aunque efectivo en algunos pasajes, rara vez sorprende.

La fotografía de Michael Burgess refuerza esa atmósfera con una paleta dominada por azules y grises que aporta un tono lúgubre. Sin embargo, la ambientación setentera no se aprovecha al máximo: más allá de algunos detalles de vestuario, la historia podría haber ocurrido en cualquier época. Esa falta de identidad le resta personalidad.

La protagonista y su familia

Linda Cardellini interpreta a Anna, la madre que debe proteger a sus hijos del ataque de La Llorona. Su actuación es creíble y sincera, aunque el guion no le da demasiada profundidad.

Raymond Cruz, como Rafael Olvera —un sacerdote expulsado que recurre a métodos poco ortodoxos—, es quizás el personaje más interesante. Su mezcla de fe y pragmatismo le aporta carisma, y sus escenas destacan sobre el resto.

Los niños, interpretados por Roman Christou y Jaynee-Lynne Kinchen, cumplen correctamente, aportando vulnerabilidad y reforzando el tono familiar que caracteriza a muchas entregas del Warrenverse. El resto de personajes secundarios, sin embargo, resultan planos y olvidables.

La presencia de La Llorona

La figura de La Llorona, interpretada por Marisol Ramírez, es inquietante en su diseño: vestido blanco, cabello oscuro, rostro espectral y un llanto desgarrador que hiela la sangre.

Su aparición en la ventana, en la bañera o en el coche son algunos de los momentos más logrados del filme. No obstante, al igual que ocurrió con Valak en La monja, el exceso de exposición le resta misterio. Lo que debería ser insinuación acaba convirtiéndose en repetición.

Música y sonido

Joseph Bishara vuelve a encargarse de la música, aportando cohesión con el resto del universo. Su estilo, basado en disonancias y atmósferas densas, encaja con la figura de La Llorona, aunque no alcanza la iconicidad de sus composiciones para The Conjuring.

El diseño sonoro, en cambio, resulta más efectivo: cada sollozo que se escucha en la oscuridad produce una inquietud genuina. El llanto se convierte en leitmotiv y en el verdadero corazón del terror de la película.

Una narrativa repetitiva

El principal problema de La Llorona es su estructura repetitiva. La entidad aparece, ataca, desaparece y vuelve a atacar, sin que la historia avance demasiado. Los personajes pasan buena parte del metraje huyendo de un lugar a otro, lo que reduce la tensión.

El clímax, con el enfrentamiento final en la casa, resulta predecible y no aporta nada nuevo al género. El guion carece de la sutileza y del trasfondo emocional que caracterizan a las mejores entregas del Warrenverse. Aquí no hay un matrimonio Warren que sirva como ancla emocional, ni un desarrollo profundo de personajes.

Todo se centra en los sustos, que aunque efectivos en ocasiones, se sienten mecánicos y poco inspirados.

Recepción y legado

Con un presupuesto de 9 millones de dólares, la película recaudó más de 120 millones en todo el mundo, confirmando una vez más el éxito comercial del universo.

La crítica, sin embargo, fue mayoritariamente negativa. Se acusó a la cinta de desaprovechar el potencial de la leyenda y de reducirla a un producto genérico.

A pesar de ello, La Llorona tiene cierta importancia dentro del Warrenverse: consolidó la figura de Michael Chaves, quien posteriormente dirigiría The Conjuring: obligado por el demonio (2021). Fue, en cierto modo, su carta de presentación para el estudio.

Reflexión final

Lo mejor: la presencia visual de La Llorona y algunos momentos de auténtico terror (la escena del coche y el ataque en la bañera).
Lo peor: la repetitividad del guion y la falta de conexión emocional con los personajes.

La Llorona es, en última instancia, una oportunidad perdida. Tenía entre manos una de las leyendas más ricas y aterradoras del folclore latinoamericano, pero optó por el camino fácil del susto convencional.

Como pieza dentro del Warrenverse, cumple con su función de expandir el universo y ofrecer entretenimiento pasajero, pero carece de la fuerza y la profundidad de las mejores entregas.

Aun así, su existencia recuerda el poder que tienen las leyendas populares para seguir inspirando relatos. Quizás en el futuro alguien logre hacer justicia a La Llorona en el cine. Mientras tanto, esta versión queda como una curiosidad dentro de un universo que, en sus mejores momentos, ha sabido dar mucho más.

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