Coco (Lee Unkrich, Adrián Molina, 2017): un canto a la memoria y a la vida

Pixar lleva más de dos décadas explorando las emociones humanas con una sensibilidad que desarma. Pero con Coco (2017), la casa de animación dio un paso más allá: no solo nos hizo sentir, sino que nos enseñó a recordar. En una época en la que todo pasa demasiado rápido, la película de Lee Unkrich y Adrian Molina se erige como una obra que nos invita a detenernos y mirar hacia atrás, hacia los rostros que nos construyeron.

Entre la vida y la memoria

Miguel Rivera es un niño que sueña con ser músico, aunque en su familia la música está prohibida. La tradición, herida por un abandono en el pasado, ha levantado un muro que separa a los vivos de los muertos y al pequeño de su verdadero destino. Esa tensión —entre el deseo individual y la lealtad familiar— es el corazón del relato.

La noche del Día de los Muertos, Miguel cruza al otro lado del mundo sin querer, iniciando un viaje al Más Allá que es tanto físico como emocional. Allí, en una ciudad luminosa y vibrante donde los muertos viven mientras alguien los recuerde, descubrirá que su pasión y su linaje están más conectados de lo que imaginaba.

El guion de Molina y Matthew Aldrich combina humor, aventura y emoción sin perder nunca su centro: la memoria como forma de amor. A diferencia de otras películas de Pixar donde la pérdida es un punto de inflexión (Up, Inside Out), aquí es el punto de partida. Desde los primeros minutos, sabemos que Coco no busca evitar la tristeza, sino comprenderla.

Un viaje visual y espiritual

Pocas veces una película animada ha sido tan rica en detalles y significado. El diseño del Mundo de los Muertos es una fiesta de color y textura: puentes de pétalos de cempasúchil, casas superpuestas como altares infinitos, trenes que flotan sobre luces cálidas. Cada elemento visual tiene sentido simbólico; nada está puesto al azar.

Pixar alcanza aquí uno de sus mayores logros técnicos. La dirección de fotografía digital mezcla luces naturales y artificiales para crear una atmósfera casi tangible. Las luces de las velas contrastan con el resplandor de los espíritus, generando una sensación de calidez que equilibra el tono fúnebre del argumento. Es una película sobre la muerte, sí, pero llena de vida.

En ese equilibrio está su magia: Coco convierte la muerte en una celebración, no en una tragedia. En lugar de miedo, hay gratitud; en lugar de oscuridad, hay memoria.

La música como puente

La música en Coco no es un simple acompañamiento: es el lenguaje del alma. Desde el primer rasgueo de guitarra, la partitura de Michael Giacchino se funde con las canciones originales (“Un poco loco”, “El mundo es mi familia”, “Recuérdame”) para construir un tejido emocional que atraviesa toda la película.

“Recuérdame” es, sin duda, el eje de ese tejido. Lo que empieza como una canción banal de fama y ego se transforma, al final, en una plegaria. Cuando Miguel la canta a Mamá Coco, el tiempo se detiene. Es un momento en el que la animación alcanza una sinceridad humana casi insoportable. No hay artificio, solo una voz temblorosa y unos ojos que se abren al pasado.

En ese instante, Coco deja de ser una película sobre un niño que quiere ser músico y se convierte en una meditación sobre la inmortalidad. No la que ofrecen los dioses o las leyendas, sino la que habita en la memoria de quienes nos aman.

Tradición y universalidad

Uno de los mayores méritos de Coco es su respeto por la cultura mexicana. Pixar no se limita a usar el Día de los Muertos como decorado exótico, sino que lo retrata desde la autenticidad y el cariño. La producción contó con asesores culturales y una investigación exhaustiva para representar los altares, los rituales y las creencias con precisión y sensibilidad.

El resultado es una obra profundamente mexicana, pero universal en su mensaje. Todos, en cualquier lugar del mundo, entendemos lo que significa querer que alguien nos recuerde. En ese sentido, Coco trasciende la animación: es un recordatorio de que nuestras historias personales forman parte de una cadena infinita de memoria colectiva.

Dirección y ritmo narrativo

Lee Unkrich demuestra aquí una madurez narrativa que va más allá de la emoción calculada. Su dirección es precisa, pausada cuando debe serlo y vibrante en los momentos justos. No hay una escena gratuita ni un plano vacío: todo construye, todo emociona.

La película equilibra su tono con inteligencia: empieza ligera, casi como una comedia familiar, y poco a poco se adentra en un terreno más simbólico. El ritmo nunca decae, porque cada revelación lleva a la siguiente con una naturalidad casi musical.

Adrian Molina, en la co-dirección y el guion, imprime al conjunto una sensibilidad poética: las frases breves, los silencios y las miradas dicen tanto como las palabras. Coco no explica: sugiere, y eso la hace más poderosa.

El poder del recuerdo

Más allá del virtuosismo técnico o del impacto visual, Coco triunfa por su verdad emocional. Nos obliga a mirar la muerte sin miedo, a comprender que lo que somos depende de quienes nos recuerdan.

Cuando la película termina y suena el último acorde, el espectador no piensa en fantasmas ni en tumbas, sino en su propia familia. En los nombres que ya no pronuncia, en las fotos guardadas en un cajón. Coco nos recuerda que no estamos solos en ese sentimiento, que todos somos parte de un mismo tejido de amor y pérdida.

Legado y emoción

Ganadora del Óscar a Mejor Película de Animación y Mejor Canción Original, Coco se convirtió rápidamente en un clásico moderno. Pero más allá de los premios, su verdadero legado está en cómo logró unir generaciones enteras frente a la pantalla. Abuelos, padres y nietos llorando juntos. Y, quizá por primera vez, sin miedo a hacerlo.

Es una de esas raras películas que consigue que el público infantil y el adulto experimenten la misma emoción desde lugares distintos. Los niños ven la aventura; los adultos, el adiós.

Reflexión final

Lo mejor: su respeto por la cultura mexicana, la emoción contenida de su clímax y el equilibrio entre humor, ternura y trascendencia.
Lo peor: un tramo intermedio algo previsible y el exceso de subtramas familiares que podrían haberse reducido sin afectar la fuerza del mensaje.

Coco es mucho más que una película sobre la muerte. Es una celebración de la vida, una elegía luminosa sobre lo que perdura cuando ya no estamos. Pixar nos recuerda, una vez más, que la animación puede ser tan profunda como cualquier obra de arte.

Porque mientras alguien nos recuerde, seguiremos cantando en el otro lado del puente.

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