Hay cierres… y hay culminaciones. El retorno del rey pertenece a esa clase de finales que no se limitan a resolver una historia, sino que la consagran. Peter Jackson no busca un desenlace espectacular: busca un cierre emocional. Y lo consigue con una madurez que aún hoy sigue asombrando.

Si La comunidad del anillo era la luz que se encendía en mitad de la incertidumbre, y Las dos torres la resistencia ante un destino que parecía inevitable, El retorno del rey plantea la pregunta que define toda la trilogía:
¿qué queda cuando la esperanza es lo único que aún no ha sido destruido?
El mundo crece… mientras los héroes se encogen
Esta es la entrega en la que la Tierra Media se despliega por completo. Las ciudades despiertan, los reinos olvidados responden a la llamada y la guerra adopta una escala casi imposible de abarcar. Minas Tirith se convierte en el corazón de un mundo que late rodeado de oscuridad, y cada rincón de la pantalla transmite la sensación de un tiempo que se termina.

Y al mismo tiempo, el viaje de Frodo se vuelve más pequeño, más íntimo, más asfixiante. Ya no es la historia de un portador del Anillo: es la historia de un alma que se va desdibujando. Frodo ya no teme a Sauron: teme lo que el Anillo está haciendo de él.
Sam, una vez más, sostiene lo que su amigo ya no puede sostener solo.
Gollum deja de ser un obstáculo para convertirse en destino.
Y Aragorn, tras dos películas esquivando lo que le corresponde, comprende que aceptar la corona no es un acto de ambición, sino de responsabilidad.
Jackson mueve todas estas líneas narrativas con una precisión sorprendente. Lo inmenso y lo vulnerable conviven sin chocar. Lo colosal nunca aplasta lo humano. Esa es la verdadera hazaña.
Minas Tirith: la última frontera
Minas Tirith es una ciudad que se defiende a pesar del miedo. Cada nivel, cada torre, cada sombra parece cargada de siglos de memoria. No es un decorado: es un personaje. Y su gobernante, Denethor, lo convierte en un lugar aún más trágico. No porque sea cruel, sino porque ha dejado de creer.

Su derrumbe es paralelo al ascenso de quienes sí conservan la esperanza: Gandalf, que guía sin prometer victorias; Pippin, que crece en silencio; Faramir, que resiste incluso cuando su propio padre lo rechaza.
La ciudad no es memorable por su arquitectura, sino porque simboliza la última barrera antes del colapso definitivo.
El Pelennor: el rugido de lo inevitable
La llegada de los Rohirrim es uno de esos momentos que el cine consigue convertir en memoria colectiva. La música de Shore, el viento sobre los caballos, el temblor previo a la carga… Jackson entiende que la épica no está en el choque, sino en la respiración que lo precede.

Théoden encuentra aquí su lugar en la historia. No como un rey glorioso, sino como un líder que decide luchar aunque sepa que podría no ver el amanecer. Y entre el caos, entre la lluvia de flechas y los gritos, la humanidad permanece. Cada rostro, cada duda, cada gesto parece decir lo mismo: esta batalla no se libra por poder, sino por dignidad.
Frodo y Sam: la cima del esfuerzo
Mientras el mundo arde, el viaje más importante ocurre en silencio. La subida a la Montaña del Destino es una de las secuencias más duras de la trilogía. No por la acción, sino por el desgaste.
El polvo, la sed, el cansancio, la pérdida de identidad… Frodo no lucha contra enemigos visibles, sino contra el peso del Anillo y la sombra que ya se ha instalado dentro de él.

Sam, en cambio, representa la luz más sencilla y más necesaria. No es valentía lo que muestra: es amor. Una lealtad que no pide recompensa. Una fuerza que solo se rompe cuando ya no queda nada más que ofrecer.
La frase que pronuncia en ese tramo final no es solo un recuerdo para los fans: es la columna vertebral de la trilogía. Y aquí Jackson la filma con una sinceridad que sigue doliendo.
Gollum: la tragedia necesaria
El final del Anillo no llega por un acto heroico. Llega por la caída inevitable de quien ya no podía salvarse. Gollum completa el círculo. Su destino, trágico y coherente, revela la verdad que siempre estuvo presente: la corrupción no se derrota, se desmorona.

Ni Frodo, ni Aragorn, ni ningún rey podía destruir el Anillo sin pagar un precio imposible.
Gollum era la última pieza del destino.
Y Jackson lo asume con respeto, sin subrayados.
La victoria llega desde la fragilidad.
El retorno del rey
Aragorn asume su lugar en un mundo que ya ha pagado demasiado. Su coronación no es un momento de gloria, sino de calma. Una aceptación serena de la carga que siempre temió llevar. Es un cierre sobrio, elegante, contenido.
Una herida que se cierra sin olvidar que existe.

Y después, llega la despedida. No como un adiós abrupto, sino como un susurro. El puerto, el silencio, la mirada de Sam. Frodo ya no pertenece a la Tierra Media porque su viaje lo ha llevado a un lugar más difícil de explicar que de ver.

Es el final que la historia merecía. Un final que no se impone: se comprende.
Reflexión final
Lo mejor
- Su capacidad para convertir la épica en emoción pura sin perder la intimidad.
- La estructura paralela entre lo colosal (Minas Tirith, Pelennor) y lo profundamente humano (Frodo, Sam).
- La batalla del Pelennor, un hito que combina espectáculo y verdad emocional.
- El cierre impecable de los arcos de Aragorn, Sam y Frodo.
- El uso de la música de Howard Shore como vehículo emocional del final.
Lo peor
- Su duración y múltiples finales pueden resultar extensos para algunos espectadores, aunque todos cumplen una función narrativa.
- La densidad emocional del último tramo puede sentirse abrumadora para quienes buscan un final más directo.
El retorno del rey no es solo el final de una trilogía: es la culminación de un viaje emocional que comenzó con un paso pequeño y terminó cambiando el destino de un mundo entero.
Una historia sobre resistencia, sacrificio y amistad.
Una despedida que sigue latiendo más de veinte años después.