El Hobbit: La desolación de Smaug (Peter Jackson, 2013): cuando el viaje se adentra en la sombra

Hay segundas partes… y hay transiciones que moldean el destino. La desolación de Smaug pertenece a esta segunda categoría: una película que no pretende cerrar nada, sino tensarlo todo. Peter Jackson abandona la luminosidad del primer viaje para adentrarse en una Tierra Media más oscura, más peligrosa, más imprevisible.

Y lo hace con una convicción clara: este ya no es el mundo que Bilbo dejó atrás.

Si Un viaje inesperado era la puerta abierta, La desolación de Smaug es el laberinto.

El mundo se ensombrece… y Bilbo también

Jackson empieza a mostrar las fisuras que acompañarán a los enanos hasta el final. El bosque deja de ser refugio para convertirse en amenaza. La luz se vuelve más escasa. La aventura, antes ligera, empieza a cobrar un precio más alto del que Bilbo imaginaba.

Bilbo, además, ya no es el hobbit temeroso de antes. Su relación con el Anillo empieza a transformar su comportamiento: la respiración se acelera, la mirada se enturbia, y su impulso de esconderse se convierte, poco a poco, en impulso de atacar.
La valentía se mezcla con algo más inquietante. Algo que ni él comprende.

Jackson equilibra esta transición con precisión: no hay ruptura, hay evolución. Y es en esa evolución donde la película encuentra su alma.

Mirkwood: el viaje que devora

El Bosque Negro no es solo un escenario. Es una mente que se retuerce.
Peter Jackson lo filma como si fuera un sueño enfermizo: caminos que se repiten, sombras que parecen moverse cuando no miras, un aire que pesa más de lo que debería.

Aquí la Compañía pierde la dirección. Y en consecuencia, nosotros también.
Es el primer gran recordatorio de la película: la aventura no siempre te lleva a donde querías ir. A veces te consume antes de avanzar.

Las arañas, la confusión, la desorientación de los enanos… todo fluye con una cadencia que mezcla terror suave y fantasía pura. Y cuando aparece Legolas —más joven, más feroz, menos humano— Jackson nos recuerda que este mundo está vivo mucho antes de La comunidad del anillo.

Esgaroth: la humanidad que aguarda en la orilla

La llegada a Esgaroth es un respiro… pero uno envenenado.
La ciudad flotante se siente real, húmeda, desgastada, llena de rostros cansados. No es un reino mítico ni un refugio épico: es un pueblo que solo intenta sobrevivir.

Bardo emerge aquí como una de las incorporaciones más sólidas de la trilogía. No es un héroe ni un líder: es un hombre con miedo, con una familia que proteger, y con un pasado que no termina de cerrarse.
Y eso lo convierte en alguien profundamente necesario.

Mientras los enanos buscan apoyo, la película empieza a plantear su tema central:
no basta con querer recuperar un hogar… hay que demostrar que eres digno de volver a él.

Thorin, impulsado por un orgullo que casi roza la obsesión, comienza a dejarlo entrever.

Smaug: la voz de la destrucción

Y entonces llega él.
Smaug.

No es solo un dragón: es una presencia. Una inteligencia afilada. Una fuerza que observa, piensa y disfruta del miedo que provoca.
La conversación entre Bilbo y Smaug es uno de los grandes momentos de la trilogía: un duelo sin espadas, donde el peligro avanza con cada palabra.

La animación es impecable.
La voz de Benedict Cumberbatch convierte cada frase en un eco.
La atmósfera se densifica hasta casi asfixiar.

Aquí Bilbo brilla. No porque sea valiente, sino porque sabe que no puede dejar de avanzar.
Y aquí Jackson confirma que esta trilogía —más allá de sus excesos— tiene momentos de cine puro.

La persecución final, el oro derramado, la furia creciente de Smaug… todo lleva a un cierre abrupto, sí, pero también electrizante.

El oro puede deslumbrar… pero también corromper

Thorín empieza a transformarse.
Ya no ve amigos, ni aliados, ni sacrificio compartido. Solo ve una montaña, un trono y un legado que cree que le ha sido arrebatado.

La semilla de la Locura del Dragón germina aquí. Y Jackson lo insinúa con miradas, silencios y un orgullo cada vez más peligroso.

La desolación de Smaug no es solo el título: es el aviso.

Reflexión final

Lo mejor

  • Smaug, una de las criaturas más impresionantes del cine fantástico moderno.
  • El Bosque Negro, filmado como un descenso sensorial que distorsiona el tiempo y la percepción.
  • La evolución de Bilbo, especialmente en su relación con el Anillo.
  • La introducción de Bardo, sólida, humana y emocionalmente compleja.
  • El tono más oscuro, que marca con claridad la transición hacia el conflicto final.

Lo peor

  • La estructura fragmentada puede sentirse irregular; la película a veces parece tres historias luchando por dominar la misma pantalla.
  • Algunos añadidos y subtramas alargan el ritmo sin aportar demasiada profundidad real.
  • El final, espectacular pero abrupto, puede dejar sensación de corte más que de clímax.

La desolación de Smaug es una película de tránsito, sí, pero también de revelación.
Es la noche antes del amanecer, el capítulo donde el héroe empieza a perder la inocencia y el enemigo adquiere forma, rostro y voz.

Un viaje que ya no promete maravillas, sino consecuencias.
Y por eso, quizá, es el más necesario de todos.

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