Cuando el sufrimiento se convierte en destino
Hay películas que cuentan una historia… y hay otras que obligan a atravesarla. El renacido pertenece a esta segunda categoría: no se limita a mostrar dolor, frío o violencia, sino que los convierte en un lenguaje cinematográfico propio. Alejandro G. Iñárritu construye un relato donde la naturaleza deja de ser escenario para convertirse en juicio, en memoria y en espejo. Una obra que no busca gustar, sino imponerse; que no pretende conmover, sino sacudir; que no nos invita a mirar, sino a resistir.

Si en otras películas la épica nace de la grandeza, aquí nace de la supervivencia.
Y esa es la revolución.
La naturaleza como prueba… y como indiferencia
Desde el primer plano, la película propone un pacto: no habrá respiro. No habrá descanso. No habrá distancia emocional entre lo que sucede en pantalla y lo que siente el espectador. Lubezki filma los bosques, los ríos y la nieve como si fueran entidades vivas, capaces de devorar, de observar o de ignorar según la necesidad de la historia.

Pero el punto clave es este:
en El renacido, la naturaleza no odia ni ama.
Simplemente es.
Es inmensa, implacable, majestuosa y cruel porque no puede ser otra cosa. La supervivencia de Glass no es un acto heroico en oposición al entorno: es una negociación constante con lo que lo rodea. Cada paso es un acuerdo; cada respiración, una concesión que la naturaleza podría negar.

Es por eso que el ataque del oso —rodado con una brutalidad clínica que roza lo insoportable— se siente tan auténtico: no es el enemigo, es una fuerza más del mundo. Y el mundo, en El renacido, nunca se detiene a preguntarse si el protagonista merece seguir vivo.
Hugh Glass: cuando el cuerpo deja de ser frontera
DiCaprio ofrece aquí la interpretación más física de su carrera, pero sería injusto reducirla a eso. No es solo sufrimiento, ni solo resistencia, ni solo disciplina. Es la encarnación de un hombre que ha perdido todas las capas que lo protegían —familia, lenguaje, identidad, propósito— hasta quedarse con lo más primitivo: la necesidad.

Iñárritu lo filma como si quisiera borrar todas las convenciones del cine: no hay glamour, no hay respiro, no hay espacio para la interpretación tradicional. Glass no actúa: existe. Su mirada no comunica un sentimiento, sino un instinto. Su cuerpo no expresa dolor: lo arrastra.
Cada movimiento —desde arrastrarse sobre la nieve hasta hundirse en el río helado— es una declaración de que la vida continúa incluso cuando el ser humano debería haber abandonado la lucha.

Y ahí está el renacimiento:
en la obstinación de seguir.
El hijo como eco, la memoria como motor
En otros relatos, la venganza sería suficiente para impulsar al protagonista.
Aquí no.
Aquí la venganza es apenas la superficie de algo más hondo, más íntimo, más trágico.

El recuerdo del hijo asesinado no es un objetivo: es la única parte de Glass que sigue viva cuando el cuerpo deja de obedecer. La película plantea una idea poderosa: no sobrevivimos por nosotros mismos, sino por aquello que nos ata a la vida cuando esta intenta soltarnos.
Iñárritu convierte las visiones de Glass en poesía visual: árboles que se inclinan como si fueran recuerdos, ruinas que parecen heridas abiertas, rostros que aparecen y desaparecen como respiraciones a punto de apagarse.

La muerte del hijo no es un flashback: es la herida que define el camino.
Y es la razón por la que Glass, incluso al borde de la muerte, decide ponerse en pie.
Fitzgerald: la humanidad cuando se quiebra
Tom Hardy encarna un antagonista que jamás cae en la caricatura. Fitzgerald no es el villano que disfruta del mal: es un hombre roto, temeroso, egoísta, moldeado por un mundo en el que la moral es un lujo que nadie puede permitirse. Su traición a Glass no nace del odio, sino del miedo.
Y ese matiz es lo que lo convierte en un personaje tan poderoso.

La película nunca intenta justificarlo, pero tampoco lo deshumaniza.
Fitzgerald es un producto del mismo mundo que casi devora a Glass: un entorno donde la supervivencia y la dignidad no siempre pueden convivir.
La búsqueda de Glass no es, por tanto, la caza del villano:
es la búsqueda de una respuesta.
¿Qué queda de nosotros cuando la brutalidad del mundo arranca todo lo que éramos?
La violencia como lenguaje, no como espectáculo
Iñárritu filma la violencia sin coreografía ni artificio. No la estiliza, no la embellece, no la convierte en entretenimiento. La violencia en El renacido es torpe, sucia, imprevisible, tan cercana a la cámara que uno siente que podría tocar el aliento del enemigo.

Cada enfrentamiento parece accidental, como si surgiera de la necesidad inmediata y no de una construcción dramática.
Y esto amplifica su significado: la violencia en esta película no eleva a nadie.
Solo revela.
El final: cuando la vida pesa más que la muerte
El duelo entre Glass y Fitzgerald —un enfrentamiento que en cualquier otra película sería el gran clímax— aquí funciona como una liberación, como si ambos personajes supieran que no pueden seguir cargando con el conflicto que los une. La pelea no es una victoria; es un desprendimiento.

Glass no mata por odio.
Ni por justicia.
Ni siquiera por memoria.
Mata porque entiende que la violencia no le devuelve nada.
Porque comprende, por fin, que su vida no puede seguir guiándose por la muerte.
El plano final, con Glass mirando a cámara, es uno de los cierres más potentes del cine reciente: una mirada que pide respuesta, que exige interpretación, que cuestiona al espectador.
No busca decir “sobreviví”, sino “¿y ahora qué?”.
Reflexión final
Lo mejor
- DiCaprio en la interpretación más cruda, sincera y brutal de su carrera.
- La fotografía de Lubezki, capaz de convertir la luz natural en un personaje más.
- La narrativa visual, que combina poesía y brutalidad sin romper jamás su coherencia emocional.
- La construcción de la naturaleza como presencia consciente, indiferente y omnipresente.
- La relación entre Glass y la memoria de su hijo, eje íntimo y desgarrador.
- Un final que deja heridas abiertas y preguntas que trascienden el género.
Lo peor
- Su ritmo lento y contemplativo puede ser desafiante para quienes busquen un relato más convencional.
- La repetición de secuencias de sufrimiento puede sentirse excesiva para parte del público.
- El simbolismo, poderoso pero constante, puede resultar demasiado marcado para algunos espectadores.
El renacido no es una película sobre venganza ni sobre supervivencia.
Es una película sobre el hombre que se forma cuando todo lo anterior ha sido destruido.
Sobre el límite donde el dolor deja de ser enemigo para convertirse en impulso.
Sobre el renacimiento que solo aparece cuando la muerte se sienta a nuestro lado… y decidimos seguir respirando.