Los asesinos de la luna (Martin Scorsese, 2023): cuando la historia se convierte en cicatriz

Hay películas que cuentan un hecho histórico… y otras que exigen enfrentarse a él sin poder mirar hacia otro lado. Los asesinos de la luna pertenece a esta segunda categoría. Scorsese no reconstruye simplemente una tragedia real: la convierte en un acto de memoria, en un recordatorio incómodo de que la violencia que cimentó la prosperidad de un país no es una nota al pie, sino su columna vertebral. Lo que presenta no es una crónica policial ni un western revisionista, sino una herida que aún hoy sigue abierta en el corazón de Estados Unidos.

Desde sus primeros minutos, la película establece un pacto: aquí no habrá distancia emocional ni alivios dramáticos. Lo que se va a mostrar no es el misterio de unos crímenes, sino el mecanismo que los permitió. Un sistema sustentado en codicia, poder y silencios. La historia de los Osage no se cuenta desde fuera; se cuenta desde dentro de un mundo que los admira en público y los asesina en privado.

Ernest Burkhart: la sumisión que se convierte en monstruo

Leonardo DiCaprio interpreta a Ernest Burkhart como un hombre atrapado entre la obediencia y el deseo, entre la ambición que no se atreve a formular y el amor que no sabe sostener. No es un criminal brillante ni un villano calculado; es una debilidad que cobra forma humana. Someone que se deja moldear por influencias más fuertes, más viejas y más crueles que él.

Scorsese lo filma con una tristeza constante: Ernest no comprende realmente el alcance de sus actos, pero tampoco se detiene cuando debería. Es un hombre que no decide, pero consiente. No idea los crímenes, pero los permite. Y esa ambigüedad —esa tibieza moral que se disfraza de afecto— lo convierte en uno de los personajes más incómodos de la filmografía de DiCaprio.

Su relación con Mollie no es simple contradicción: es tragedia. Una historia de amor atravesada por la traición más abyecta, donde la mentira se vuelve una forma de sobrevivir… y también una forma de matar.

Mollie Kyle: la resistencia silenciosa de un pueblo herido

Lily Gladstone sostiene la película con una interpretación que trasciende la palabra. Mollie no es un símbolo ni un recurso dramático: es la columna emocional que sostiene todo el relato. Su rostro contiene la dignidad de un pueblo que ha sufrido demasiado como para mostrarlo y la fuerza de quien comprende la verdad incluso antes de que se pronuncie.

Scorsese la filma con un respeto absoluto, consciente de que en su silencio hay una historia completa: la de quienes fueron despojados de su tierra, de su cultura y de sus vidas con una lentitud metódica que escapa a cualquier categoría moral. Mollie es la verdadera testigo de la película. Todas las respuestas pasan por ella, incluso las que nadie se atreve a formular.

William Hale: la apariencia como arma

Robert De Niro construye a William Hale como una figura fascinante y aterradora. No es un villano clásico. No amenaza, no grita, no impone. Seduce. Convence. Proyecta una imagen de patriarcado amable, paternal y bondadoso mientras opera como el arquitecto silencioso de un exterminio meticuloso.

Hale no mata por odio, sino por convicción. Y esa convicción —que los Osage deberían entregar sus fortunas a manos “más preparadas”— es lo que hace que su figura sea tan perturbadora. Scorsese lo muestra como el corazón del sistema, no como una desviación de él. No es un monstruo aislado: es el resultado lógico de una estructura construida para abusar.

La riqueza como sentencia

Los Osage son presentados como un pueblo que prospera sin renunciar a su identidad, y es precisamente esa prosperidad la que despierta la maquinaria violenta que intenta destruirlos. La película muestra cómo la riqueza se convierte en condena, cómo los cuerpos se vuelven territorio y cómo la ley, la medicina y la administración se utilizan como armas.

No hay giro sorpresa. No hay descubrimiento.
Tan solo una evidencia insoportable:
los crímenes no ocurrieron en la sombra, sino a plena luz del día.

Scorsese no busca suspense, sino exposición. Y esa verdad es lo que vuelve a la película tan poderosa.

El FBI: justicia tardía, justicia insuficiente

Cuando el joven J. Edgar Hoover interviene, la película ya ha revelado su mayor verdad: no se trata de quién cometió los crímenes, sino de por qué nadie quiso evitarlo antes. La llegada del FBI no es la salvación; es la constatación final de que la justicia llega cuando el daño es irreversible. Que el sistema solo reacciona cuando puede convertir la tragedia en procedimiento.

La investigación, meticulosa y eficaz, nunca compensa la devastación que ha precedido. Scorsese lo sabe. Y por eso filma este tramo con un tono casi funerario, consciente de que ningún juicio podrá reparar lo que se ha destruido.

El final: cuando la memoria se convierte en acto de resistencia

El cierre de la película —ese epílogo radiofónico que rompe la narrativa clásica— es una de las decisiones más brillantes y dolorosas de Scorsese. Al convertir la tragedia en un espectáculo narrado por voces blancas que trivializan la historia, el director denuncia cómo la memoria de los oprimidos siempre ha sido moldeada por quienes los silenciaron.

Pero entonces llega el plano final: un círculo de danza Osage, un ritual vivo, un eco que sobrevive a todo.
La película termina ahí, donde debía.
No en el dolor, sino en la resistencia.

Reflexión final

Lo mejor

  • La interpretación contenida y profundamente trágica de Lily Gladstone.
  • DiCaprio, vulnerable y ambiguo, en uno de sus papeles más arriesgados.
  • De Niro, magistral, escalofriante en su normalidad.
  • La dirección de Scorsese, humanista, herida y más política que nunca.
  • La reconstrucción histórica y emocional del pueblo Osage.
  • Un final que desmonta la narrativa tradicional para dar voz a quienes fueron silenciados.

Lo peor

  • Su duración puede resultar exigente para parte del público.
  • Su tono contemplativo puede desconcertar a quienes esperen un thriller clásico.
  • La frialdad narrativa en algunos tramos exige paciencia y atención.

Los asesinos de la luna no es un thriller, ni un western, ni una reconstrucción histórica. Es una elegía. Un acto de memoria que se resiste a convertirse en anécdota. Scorsese no busca entretener: busca recordar. Y en ese gesto, la película adquiere su verdadera grandeza. No es una obra sobre un crimen, sino sobre la estructura que lo permitió. No es una película sobre un pueblo devastado, sino sobre uno que sigue de pie a pesar de todo.
En un mundo que intenta convertir las heridas en notas de prensa, Scorsese elige convertirlas en cine.

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