Accidentes, incendios, muertes y sucesos inexplicables. Cuando el terror traspasó la pantalla y los rodajes se convirtieron en su propia pesadilla.
El cine de terror siempre ha jugado con los límites de la realidad. Pero, a veces, los sucesos que ocurren fuera de cámara son incluso más perturbadores que los que se narran en pantalla.
Desde incendios sin explicación hasta muertes durante el rodaje, hay películas que parecen haber nacido bajo una sombra.
En esta edición especial de Halloween, repasamos ocho producciones marcadas por la tragedia o la superstición, donde el miedo dejó de ser ficción.
El Exorcista (1973, William Friedkin)
Pocas películas pueden presumir de haber provocado tanto pánico dentro y fuera del cine. Durante el rodaje de El Exorcista, un incendio destruyó casi por completo el set principal… salvo la habitación donde se rodaban las escenas de la posesión.
La producción acumuló accidentes, lesiones y hasta nueve muertes relacionadas con personas del equipo o familiares de los intérpretes.
William Friedkin pidió la bendición de un sacerdote para calmar la sensación de maldición que se extendía entre técnicos y actores. La leyenda negra fue tal que, cuando la película se estrenó, hubo desmayos, vómitos y ambulancias apostadas en los cines.
Cincuenta años después, sigue siendo el mejor ejemplo de cuando el horror parece traspasar el celuloide.
La profecía (The Omen) (1976, Richard Donner)
El rodaje de La profecía estuvo rodeado de coincidencias imposibles. El avión del productor fue alcanzado por un rayo, un miembro del equipo sufrió un accidente automovilístico frente a un cartel que indicaba “Ommen – 66,6 km”, y el domador que cuidaba a los animales del film murió atacado por un león.
El clima de paranoia fue tal que Richard Donner llegó a bromear con que “el propio Diablo” no quería que se terminara la película.
Lo cierto es que La profecía se estrenó con un éxito rotundo y cimentó la idea de que algunos rodajes nacen bajo un halo maldito.
A día de hoy, los amantes del terror siguen refiriéndose a ella como “la película que jugó con fuego y salió viva de milagro”.
La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974)
El calor infernal de Texas, los restos de animales reales, la sangre auténtica en algunos planos y un rodaje que rozaba la locura.
Tobe Hooper sometió a su equipo a una experiencia límite: rodaban con temperaturas de más de 40 grados, entre huesos, sudor y olor a carne podrida.
El esqueleto humano que aparece en el clímax final era real, comprado en la India porque resultaba más barato que fabricar uno falso.
Los actores acabaron exhaustos y aterrados de verdad, y esa energía brutal se nota en pantalla.
El resultado fue una obra maestra del horror sucio y primitivo, tan intensa que parecía un documental sobre la locura americana.
Poltergeist (1982, Tobe Hooper)
La casa encantada más famosa del cine nació bajo un aura inquietante. Para la icónica escena de la piscina, se usaron esqueletos reales —eran más baratos que los de utilería—, y el equipo desconocía ese detalle durante el rodaje.
Poco después, la tragedia golpeó al reparto: Dominique Dunne fue asesinada por su pareja, y Heather O’Rourke, la niña protagonista, falleció inesperadamente a los 12 años por una infección intestinal.
Las muertes alimentaron la leyenda de la “maldición Poltergeist”, que todavía hoy se menciona en documentales y foros de cine.
El terror, esta vez, no terminó con los créditos finales.
El Cuervo (The Crow) (1994, Alex Proyas)
Una de las tragedias más recordadas de la historia del cine. Brandon Lee, hijo del legendario Bruce Lee, murió durante el rodaje tras recibir el disparo de una pistola de utilería con una bala real atascada en el cañón.
El suceso conmocionó a Hollywood y añadió un tono aún más lúgubre a una película ya oscura por naturaleza.
Lo irónico es que su personaje, Eric Draven, regresaba de entre los muertos para vengarse.
El estreno, dedicado póstumamente a Brandon Lee, se convirtió en un homenaje y en el inicio de un mito que aún hoy duele recordar.
El Cuervo pasó de ser una película de culto a una historia sobre el destino y la fragilidad humana.
The Conjuring (2013, James Wan)
Incluso las producciones modernas han tenido su dosis de misterio. Durante el rodaje de El Conjuro, el equipo técnico reportó fallos eléctricos, interferencias y sonidos sin explicación.
Vera Farmiga, protagonista del film, contó que mientras revisaba el guion en casa, apareció en la pantalla de su ordenador una marca de tres arañazos: el mismo símbolo que representaba al demonio en la película.
James Wan aprovechó esa atmósfera para dotar a la historia de un tono más real y perturbador.
El resultado fue el nacimiento del Warrenverse, una franquicia que parece arrastrar, película tras película, un eco de inquietud más allá de la pantalla.
El Resplandor (The Shining) (1980, Stanley Kubrick)
Stanley Kubrick llevó su perfeccionismo a límites inhumanos.
Shelley Duvall repitió más de 120 veces la escena del bate, hasta el punto de sufrir ansiedad, pérdida de cabello y agotamiento físico.
El equipo aseguraba que, en el hotel donde se rodaba, las puertas se abrían solas y los pasillos parecían emitir sonidos durante la noche.
Kubrick, obsesionado con el control absoluto, acabó generando un entorno tan tenso que muchos lo consideran el rodaje más infernal de su carrera.
El terror psicológico de El Resplandor acabó contagiando a todos sus participantes.
El exorcismo de Emily Rose (2005, Scott Derrickson)
Inspirada en el caso real de Anneliese Michel, esta película también vivió su propio conjunto de sucesos inquietantes.
Durante la postproducción, archivos de audio desaparecían misteriosamente, y los actores confesaron sentirse incómodos al recrear escenas del exorcismo.
Scott Derrickson llegó a bromear diciendo que “ni los servidores querían procesar la película”.
Un comentario que, entre los técnicos, no sonó a chiste.
Cuando el miedo traspasa la pantalla
Quizá no existan las maldiciones, pero algo ocurre cuando una historia de terror parece contagiar su energía a quienes la cuentan.
Tal vez sea simple sugestión, o quizá una forma de advertencia: el miedo no siempre se apaga cuando se dice “¡corten!”.
A veces, las cámaras solo capturan lo que ya está allí… esperando a que alguien vuelva a mirar.
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