Hay cierres… y hay culminaciones. El retorno del rey pertenece a esa clase de finales que no se limitan a resolver una historia, sino que la consagran. Peter Jackson no busca un desenlace espectacular: busca un cierre emocional. Y lo consigue con una madurez que aún hoy sigue asombrando.
Hay secuelas que continúan una historia… y otras que la transforman. Las dos torres pertenece a esa estirpe rara donde la narración se ensancha, los personajes se fracturan y el mundo, de pronto, se vuelve demasiado grande para una única mirada. Peter Jackson entiende que la segunda entrega de un viaje no debe repetir lo que ya funcionó: debe profundizar en lo que duele.
Hay películas que expanden un universo y otras que lo ponen a prueba. Avatar: Fuego y Ceniza parece pertenecer a este segundo grupo: una obra que llega cuando el refugio ya no es suficiente y la idea de hogar empieza a resquebrajarse. James Cameron no parece interesado aquí en la serenidad ni en la contemplación como destino final, sino en la fricción que surge cuando incluso los lugares que amamos comienzan a arder. Si El sentido del agua hablaba de pertenecer, esta nueva entrega apunta a una pregunta más incómoda: qué ocurre cuando pertenecer deja de ser seguro.
Hay películas que no necesitan pedir perdón por soñar demasiado. Películas que entran sin ruido, pero salen dejando una melodía en la memoria. El gran showman es una de ellas: un musical que abraza la imaginación, la diferencia y el impulso elemental de crear algo hermoso incluso cuando todo alrededor se tambalea.