‘El club de los poetas muertos’ (Peter Weir, 1989)

Otoño de 1959. Comienza un nuevo año lectivo en la Academia Welton, una escuela aislada y tradicional situada en las tranquilas montañas de Vermont. Este año, siete estudiantes conocerán a un profesor cuyas ideas sobre la vida les inspirarán para emprender la búsqueda de sus pasiones individuales, para explorar nuevos horizontes y descubrir la agitación de un mundo más allá del estricto plan de estudios de Welton. Desafiando a las autoridades escolares y a los severos padres de los alumnos, el profesor John Keating será para ellos algo más que un simple instructor. Será para ellos la inspiración que haga de sus vidas algo extraordinario.

Es muy probable que todo el que haya vivido su infancia en la década de los 90 haya tenido siempre presente a Robin Williams. Ya fuese disfrazado de anciana británica o escapando de animales salvajes en el pasillo de su casa. El actor ha marcado generaciones como uno de los actores más importantes del cine.

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“Sólo en los sueños el hombre puede ser libre”, dice Robin Williams citando al omnipresente Walt Whitman (poeta que también tuvo su peso en la trama de la serie Breaking Bad) a unos adolescentes que por primera vez en sus vidas se atreven a soñar, atentando con destruir pesados pilares que sostienen la sociedad.

Vista la interesante filmografía de Peter Weir (Camino a la libertad, Master and Commander: Al otro lado del mundo, El show de Truman), El club de los poetas muertos se presenta como una concesión comercial, pese a que su puesta en escena y sus imágenes, se ajustan al estilo del director australiano.

Para dar forma a toda esta historia, Weir se vale de dos grandes interpretaciones, como son la de Robin Williams (La memoria de los muertos, El indomable Will Hunting, Jumanji) que encarna al profesor Keating y que gracias a él, tenemos la oportunidad de sacarle todo el meollo a la vida y el valor del Carpe Diem; y Ethan Hawke (Antes de que el diablo sepa que has muerto, Trilogía Antes del amanecer, Gattaca) interpretando a Todd Anderson, un joven tímido que se refugia en la poesía para poder expresarse y hacer frente a sus miedos; los acompañan diversos actores como Robert Sean Leonard (El corredor de la muerte, Mucho ruido y pocas nueces, Esperando a Mr. Bridge) interpreta a Neil Perry, llevando el peso dramático de esta historia; Norman Lloyd (Las dos vidas de Audrey Rose, El capitán pirata, El halcón y la flecha) hace un gran papel metiéndose en la piel del estricto Señor Nolan; Josh Charles (Entrevistas breves con hombres repulsivos, Más allá de la muerte, S.W.A.T. Los hombres de Harrelson) realiza una gran labor encarnando a Knox Overstreet, siendo uno de los más lanzados de el club de los poetas muertos.

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El guionista rescata la locución latina de Horacio: Carpe Diem, y nos la ofrece en su versión contemporánea, en su sentido original de “vivir el día” que apela a la belleza de la vida propia, a la vez que alude a la responsabilidad en el presente, entendiendo esto último como una rebelión personal de Horacio contra los epicúreos.

El espíritu romántico de poetas como Walt Whitman, Lord Byron o John Keats inunda toda la historia, tanto que en un guiño final se menciona que ni siquiera han estudiado a los poetas realistas.

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Enseñar a los alumnos a pensar y a ejercer la reflexión crítica es una meta de la función docente. Sin embargo, muchas veces esto no pasa de ser una enunciación de buenos propósitos. Ciertos modelos “conservadores” propician modos de educación repetidores: “Muéstrame un corazón que esté libre de necios sueños, y te enseñare a un hombre feliz”, le dice un profesor al señor Keating. Frente a ellos, el estilo “romántico” pretende hacer “librepensadores”.

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El poema insignia de El club de los poetas muertos hace referencia a un renacimiento de la calma, después de haber pasado por la tempestad:

“¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!

¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!

Nuestro terrible viaje ha terminado,

el barco ha sobrevivido a todos los escollos,

hemos ganado el premio que anhelábamos,

el puerto está cerca, oigo las campanas, el pueblo entero regocijado,

mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave…”

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La banda sonora es una herramienta mágica que te introduce en cada una de las vivencias de los chicos de El club de los poetas muertos, y esto, en gran parte, es culpa de Maurice Jarre, compositor de esta gran obra musical que acompaña a esta increíble película.

Pese a ser una película que cumplió 25 años el pasado mes de junio, siempre estará presente por todos los valores que nos enseña.

Nos enseña que podemos ser diferentes del resto:

Robert Frost dijo: dos caminos se abrieron ante mí, pero tomé el menos transitado y eso marcó la diferencia.

También nos enseña la diferencia del valor y la prudencia:

Hay un momento para el valor, y otro para la prudencia. El que es inteligente, sabe distinguirlos.

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Para ser leído al comienzo de las reuniones de el club de los poetas muertos:

“Fui a los bosques porque quería vivir a conciencia. Quería vivir a fondo y extraer todo el meollo a la vida. Dejar de lado todo lo que no fuera la vida, para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido.”

H.D. Thoreau

El final de esta película, que a pesar de ser sabido por todos, no deja de hacer que nos emocionemos, y que los pelos se pongan de punta, y más aún, después de la trágica noticia que recibimos hace escasos días (la muerte de Robin Williams a sus 63 años de edad), en la que esta escena podría ser un merecido homenaje para este gran actor y mejor persona, Robin Williams. Toda la clase en pie, mirándolo directamente a él, con orgullo y devoción, hacia un gran hombre que los mira con su ya característica sonrisa triste, y con unos ojos llorosos ante una despedida inevitable, en la que sólo le salen tres palabras de agradecimiento, entrecortadas por la emoción que vive al verse querido y admirado por sus queridos alumnos: Gracias chicos, gracias.

“Sólo al soñar tenemos libertad. Siempre fue así, y siempre así será.”

John Keating

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No quiero acabar, sin entonar el inolvidable ¡Oh capitán! ¡Mi capitán!

Os dejo parte de la Banda Sonora, en este caso, la canción de Maurice Jarre, Carpe Diem, para que os involucréis con el sentido de las cosas, y así, sacarle todo el meollo a la vida:

“Coged las rosas mientras podáis,

veloz el tiempo vuela.

La misma flor que hoy admiráis,

mañana estará muerta.”

 

 

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